NOMADISMO Y EXTERIORIDAD

El ciclista mantiene una peculiar relación con el exterior. Cada vez que damos un paseo en bici sentimos como si dejáramos atrás nuestro pensamiento, entregados al movimiento, reducidos a un ojo que ve las calles, logramos escapar a la obligación de pensar. Y eso, mas que nada, nos trae alegría, un saludable vació interior. El mundo esta afuera de nosotros, a nuestro alrededor, delante de nosotros, y la velocidad del desplazamiento hace imposible fijar la atención en ningún punto. Utilizando la locomoción sin rumbo como técnica de disolución de la identidad, en los mejores días, logramos sentir como lo exterior se cuela dentro de nosotros usurpando la soberanía de la interioridad. Desbordados de cosas externas, ahogados en el afuera. Las excursiones en bici por la ciudad enseñan a entender que el mundo interior no existe. Solo el exterior, el afuera hasta perdernos a nosotros mismos.

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Mientras vagamos sin propósito en nuestra bici, todos los lugares se movilizan, como en una película de cámara lenta, sentimos no estar en ningún lugar. Somos la lente en movimiento, pero en ninguna parte. En los mejores paseos conseguimos no estar en ningún sitio concreto. El movimiento es lo esencial, fluir es todo, el acto de dar un pedalazo detrás de otro, permitirnos seguir el rumbo del propio cuerpo, diluye el acto de pensar en nosotros mismos. La consciencia es remplazada por el movimiento. Literalmente dejamos atrás nuestra consciencia, regada en la pista. No tenemos tiempo para pensar, el movimiento lo ocupa todo y nos arroja a un exterior que todo lo llena. El movimiento desborda al sujeto, incluso si lo supone o mas bien, si debe pasar a través de él.

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El ciclista no es un sujeto que obedece una forma de interioridad, al contrario, es pura exterioridad, deviene ciudad, multiplicidad de calles por fuera de si. Es una partícula en movimiento, pero cuyo interior es el movimiento mismo. Es un enjambre, una masa en pleno fluir, cuyos sentimientos son arrancados de cualquier interioridad, para ser violentamente proyectados en un medio de exterioridad que les comunica una velocidad inimaginable, una fuerza de catapulta. Partir, moverse, desear avanzar, no son nunca sentimientos de un sujeto, son fuerzas “que arrastran”, corrientes en vertimiento para un yo disuelto.

Basados en experiencias concretas, afirmamos que el organismo humano compone una maquina de mayor potencia con la bici. Caramelos en el bolsillo derecho, agua en la barra, audiófonos, luces, maleta en la parrilla, circuitos de suministro, tanques de almacenamiento, dispositivos de registro, cadenas de consumo, conexiones maquinales donde las piernas, la boca, los ojos, son otras piezas de una maquina infernal. El conjunto hombre-bicicleta forma una maquina nómada y guerrea en las condiciones de la ciudad actual. Eso son los ciclistas urbanos de hoy. Nómadas. Por eso en lugar de decir que el ciclista es el que más se mueve por la ciudad, más bien habría que decir que es el que No se mueve. Es el conductor quien abandona la ciudad y se va a vivir a Santa Helena, porque su lugar ha devenido ingrato, caótico, congestionado; por el contrario, el ciclista urbano es aquel que no se va, que no quiere irse, que se aferra a este espacio que el mismo crea, en el cual el tráfico se hace imposible, inventando el nomadismo en bicicleta como respuesta a ese desafió.

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Por eso el transporte en bicicleta nos parece un modelo infinitamente superior al desplazamiento en carro. Por lo menos, trae consigo un poco mas de aire fresco, de relación con el exterior. Preguntémonos que piensa un conducto recostado en su asiento mientras maneja su vehículo: papa-mama-esposa-jefe. La neurosis de base constante. El resentimiento con el que se mueve más deprisa. Y que piensa por el contrario un ciclista mientras se desplaza: simplemente no piensa, se mueve, literalmente pierde su voz interior. Es como si la cadena significante de su conciencia fuera remplazada por la cadena de transmisión de su bici. Es como si el sentido de su pensamiento se confundiera con el de su movimiento. No hay palabras internas, puros jadeos, silbidos, expulsiones de aire. El paseo en bici, en lugar de situarnos frente a nosotros mismos, o lo que es peor, frente a otro conductor energúmeno, nos pone bajo el sol, la lluvia, con otros dioses o sin dios, sin familia, con la naturaleza. Hacemos de la luz nuestro motor produciendo un regocijo incomparable.

 

Vagabundear. Mas que ninguna otra cosa, rodar en nuestra bici por la ciudad. Casi todos los días, con lluvia o con sol, con frió o con calor, salir y vagar por la ciudad, sin dirigirnos a ningún lugar concreto, simplemente a donde nos lleven las ruedas. Sin duda que nuestros paseos tiene un territorio, sigue trayectos habituales, van de un punto a otro. No ignoramos los puntos (tienda, parque, cine). Pero lo importante para el ciclista nómada es la subordinación del punto al trayecto. El punto-tienda solo existe para ser abandonado, y todo punto es una etapa y solo existe como tal. Un trayecto siempre esta entre dos puntos, y es precisamente ese entre-dos lo fundamental para el ciclista. Y por más que siga rutas o caminos, lo que busca es recorrer un espacio liso, comunicante en todos los sentidos, marcado por “desvíos” que se borran o se desplazan con el trayecto.

Recorremos la ciudad como una banda. Como una manada no organizada. Enjambre anárquico de puntos en movimiento, somos una muchedumbre y no una familia. Somos una multitud de avispas silenciosas y en movimiento. Aunque sea común ver a los ciclistas en grupo, su desplazamiento mismo crea la imposibilidad de pensar un conjunto organizado, la variación constante de las posiciones, los ritmos cambiantes, dan la impresión de una mancha de aceite mas que de un grupo estructurado. Cada elemento no cesa de variar y de modificar su distancia con respecto a los demás. No somos un equipo. Somos una nube que recorre un espacio fibroso de infinitas calles. El ciclista urbano crea y ocupa un espacio sin fronteras ni cierre. Acostumbrados a vagar en un espacio inagotable, un laberinto de calles interminables, recorremos la ciudad-rizoma inventando rutas, conectando parques, aceras, pasadizos.



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